Como la mayoría de los fenómenos, ya sean del mundo físico o del espiritual o paranormal, éste tiene nombre: escopaestesia o efecto "mirada en la nuca". Esto sería la capacidad que tenemos de percibir de manera extrasensorial cuando alguien nos observa, aunque no lo veamos.
Mientras muchos lo dan por hecho, hay quienes relegan este fenómeno al sobrepoblado campo de la superstición. Personalmente, considero que, sin importar la cantidad de personas que afirman haber vivido el fenómeno, habría que valorar las pruebas científicas para constatar que la escopaestesia es real.
Al respecto, se han hecho experimentos muy similares en diversos lugares para comprobar, primeramente, que las personas sienten la mirada de otros que están a sus espaldas.
El experimento base suele consistir en colocar cierta cantidad de voluntarios de espaldas al observador y pedirles, uno a uno, que reporten si tienen o no la sensación de una mirada. Para que el observador decida observar o no a cada participante, se sirve de una moneda que va lanzando entre sus palmas.
Los resultados del experimento normalmente arrojan una tasa de aciertos cercana al 50%. Es decir, equivalente a que los voluntarios respondieran al azar. Con lo que, hasta hoy y salvo que algún día se diseñe un experimento más riguroso, no existe evidencia estadística de que la escopaestesia exista.
Lo que sí existe, no obstante, es una serie de argumentos para explicar por qué se produce el efecto "mirada en la nuca".
Aún conservamos una noción primitiva del fenómeno de la visión
En literatura, existen frases hechas que resultan más descriptivas que metafóricas. Se dice que alguien dirige la mirada hacia tal o cual cosa. Que alguien posó su mirada en tal lugar o persona. Esto no es gratuito y nos recuerda la manera en que se asumía el fenómeno de la visión en la antigüedad. Entre los filósofos presocráticos, sabemos que al menos para Pitágoras y Euclides los ojos eran emisores de algún tipo de flujo que, al dar con los objetos, producía su visibilidad. Si la mirada entonces estuviera dotada de materialidad, por ser algo que los ojos envían, nada tendría de raro que ésta fuera perceptible en la piel, aunque fuera muy sutilmente.
Al parecer, esta manera de entender el acto visual de hecho es espontánea durante la infancia. El psicólogo suizo Jean Piaget documentó la noción de que nuestros ojos son los que obran directamente sobre las cosas en relación con una etapa del desarrollo intelectual infantil. Esta forma de concebir el fenómeno evidentemente tiene arraigo en la cultura (piénsese en el "mal de ojo", por ejemplo), aun cuando ya se sabe que los ojos son órganos meramente receptores de la luz que los objetos reflejan.
Estamos condicionados para dar gran importancia a las miradas ajenas
La mirada es un aspecto importantísimo del lenguaje no verbal al que inconscientemente prestamos atención en todo momento. Cuando estamos entre desconocidos, es motivo de alerta. Las personas del género femenino saben en particular a qué nos referimos, dado el contexto de inseguridad y de pensamiento machista que impera en mayor o menor grado por doquier.
Descartando patologías de la mente, como la esquizofrenia o la paranoia, tanto mujeres como hombres estamos muy pendientes de las miradas y lo que éstas puedan significar.
Y cuando nos referimos a la mirada, incluimos no solo el acto de ver u observar con menor o mayor detenimiento, sino también los gestos con los que el rostro enmarca a los ojos cuando éstos captan o parecen captar algo.
Hemos aprendido a deducir hacia dónde miran los demás interpretando no sólo la posición de sus pupilas (somos quizás la especie con ojos cuya parte blanca es más grande y notoria, lo que facilita saber hacia dónde se torna la vista), sino también la disposición de la cabeza, los hombros y el torso en conjunto.
Si bien la mirada ajena puede representar el aviso de un peligro potencial, también suele dar la pauta para anticipar un acercamiento inocuo (la mirada nos advierte cuando alguien nos hablará, por ejemplo) o inclusive deseado. Como muchas otras conductas producto de la evolución, ubicar e interpretar las miradas ajenas puede ser asunto de sobrevivencia.
Esta condición, cuando estamos entre desconocidos, nos mantiene volviendo la cabeza de vez en cuando para comprobar o descartar que alguien más nos observa. El estímulo para voltear puede provocarlo un leve movimiento, una sombra o cualquier cosa interpretable como figura humana captada inclusive por la visión periférica.
El fenómeno suele reforzarse cuando, al volver la cabeza, alguien de atrás es motivado por ese mismo movimiento para mirarnos en ese instante y así crear la ilusión de que nos estaba observando de antemano. A partir de ahí, nos quedamos con la idea de que fue esa mirada la que nos provocó voltear en primer lugar.
El sesgo positivo
¿Y qué sucede cuando al volver la cabeza no había nadie observando o se trataba, por ejemplo, de un perchero, o una silueta dibujada en un muro? Pues obviamente se interrumpe el proceso y la vivencia no queda registrada como predicción fallida ni como nada en particular. Es más, quizás ni siquiera quede en la memoria.
El sesgo positivo es la tendencia natural que tenemos a tomar en cuenta sólo los eventos que confirman nuestras creencias y a descartar los que no. Es decir, por cada ocasión en que hayamos vivido una experiencia que nos confirme la capacidad que tenemos de sentir la mirada de alguien, quizás exista otra ocasión en la que se comprobó lo contrario, pero será lo mismo que no hubiera sucedido y seguiremos andando por la vida creyendo en la realidad de la escopaestesia.
Nota: la noción de Jean Piaget que mencioné como referencia está en su libro "La interpretación del mundo en el niño", de 1926.







