Escuchamos a dos locutores de radio enfrascados en la discusión que hace años, durante la infancia, alguna vez tuvimos nosotros también. Si se supone que al salir de la ducha estamos limpios, ¿por qué lavar la toalla con la que nos secamos? Bien, aquí hay unas razones para hacerlo.
Primeramente, porque creer que al salir de la ducha estamos limpios es un pensamiento optimista en la mayoría de los casos. Acaso solo los bebés, debido a su tamaño y a que son sus madres quienes los bañan, podrían presumir de quedar bastante limpios. Quienes nos bañamos a nosotros mismos tenemos ciertas limitaciones debido a la inaccesibilidad, sobre todo visual, a algunas de las áreas del cuerpo que pretendemos dejar inmaculadas. Así pues, es muy probable que, al llegar el momento de usar la toalla, haya zonas del cuerpo con restos de jabón que la toalla retirará con sus respectivas impurezas.
En segundo lugar, al secarnos, la toalla arrasa con gran cantidad de células muertas de la piel que quedan alojadas entre las fibras de la tela.
En tercer lugar, la humedad misma que impregna la toalla recién usada es vehículo propicio para la proliferación de hongos y otros microorganismos.
Quien quiera que haya visto el aspecto de una toalla usada varias veces antes de lavarla, estará de acuerdo en que ésta tiende a ensuciarse a pesar de todo.
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