El saludo "de beso" es costumbre en muchos países, aún cuando a una gran parte de la población que lo practica o que lo atestigua le resulta una imposición desagradable. El beso como saludo se ha colado al ámbito laboral, por ejemplo, y se da aun entre personas que se presentan por vez primera.
Lo que quizás comenzó como una manera de reconocimiento tribal por el olfato entre nuestros antepasados primates, ha transitado por diversas interpretaciones culturales, asociadas principalmente al respeto y al afecto, y de alguna manera ha llegado a ser un convencionalismo muy peculiar, si se considera que la mayoría de las veces el saludo es un mero acercamiento de mejillas mientras los labios pretenden escapar hacia una de las orejas, emitiendo un discreto chasquido.
De vez en cuando, haya o no haya un auténtico roce, en algún momento del procedimiento, ¡zaz!, sobreviene un "toque" eléctrico totalmente inesperado. Y, para que el acto resulte más ridículo, tras el susto, los que se saludan sienten la necesidad de decir algo ocurrente.
El propósito de esta entrada no es ahondar en la historia o razones del beso como saludo ni mucho menos en la de ese extraño acercamiento de mejillas, sino vislumbrar por qué llega a darse el mentado toque o calambre.
De dónde viene tal descarga eléctrica. ¿Acaso sucede porque los saludantes en realidad se caen mal y algún hado travieso quiere ponerlos en evidencia? O al revés, ¿será porque tienen una afinidad sospechosa, y por eso "sacan chispas"?
Habrá que empezar por recordar que todo está hecho de átomos, y lo que los mantiene unidos es una fuerza que actúa en las capas externas de cada uno de dichos átomos, donde están esas partículas "subatómicas" llamadas electrones.
Cuando dos materiales se frotan, en ocasiones puede haber intercambio de electrones (los que están en la superficie frotada). Es decir, la superficie de uno de los materiales queda con más electrones de los que debería tener y la otra queda con menos. Eso provoca que ambas superficies queden con cargas opuestas que se atraen. El material que perdió electrones tiene carga positiva; el que los ganó, negativa. La atracción magnética simplemente tiende a restablecer el equilibrio. Esa carga eléctrica producida por el frotamiento se llama "estática" y probablemente la has visto si alguna vez frotaste un globo contra tu cabello.
Las personas a veces se cargan con estática involuntariamente al hacer ciertas actividades cotidianas. Transportarse en automóvil, por ejemplo, provoca un frotamiento continuo de la ropa con las vestiduras del asiento que deja a la persona "cargada" negativamente. Esta electricidad normalmente "escapa" hacia el suelo, pues éste suele estar cargado positivamente.
Pero, qué crees. Mientras estás abordo del coche, la electricidad no puede escapar porque las llantas funcionan como aislante. Y cuando te bajas, puede que aún te mantengas cargado pues las suelas de goma de tus zapatos hacen lo mismo que las llantas del carro.
Así que la electricidad escapa en la primera oportunidad. Podría suceder que, al bajar, poses tu mano en la carrocería, que está hecha de metal el cual es excelente conductor, y ¡zaz!, viene el calambre.
Pero también puede que no escape en ese momento y la electricidad te acompañe hasta el momento en que saludes de beso a alguien.
Y puede ser que no hayas viajado en auto, sino que seas un oficinista que ya lleva un rato arremolinándose en su asiento, frente a un escritorio, con suelas de goma, en una estancia alfombrada. Esto también puede cargarte de estática.