Viajando en carretera, mientras ascendemos por un camino sinuoso rodeado de bosque, somos sorprendidos por la niebla silenciosa. Mi pequeña de cinco años, que recién despierta en el asiento trasero, pregunta embelesada si llegamos a las nubes. Su mamá y yo no resistimos la tentación de decirle que sí.
La neblina; la humareda blanca que despide la sopa caliente; la estela que dejan los aviones, barcos y trenes de vapor; el vaho que exhalamos cuando hace mucho frío; el "humito" que a veces despide el hielo; el vapor de la ducha caliente; las nubes en el cielo. Todos estos fenómenos visibles son prácticamente lo mismo: agua en estado líquido.
Leíste bien: agua en estado líquido. Así que aquí aprovecharemos para aclarar una confusión con el nombre que usamos por costumbre y aquél que es propio de la terminología científica. Me refiero al llamado vapor de agua.
Le decimos vapor a esas humaredas, nubes o estelas blancas en que se convierte el agua tras hervir o simplemente cuando está muy caliente. El error es creer que este llamado vapor es agua en estado gaseoso. No lo es, tal como no lo son la niebla ni las nubes en el cielo. En todos los casos se trata de agua en estado líquido, en gotas tan finas y ligeras que quedan suspendidas en el aire o inclusive ascienden con él. El conjunto de estas gotas finísimas es apreciable como ese humo blanco o algodón flotante al que llamamos coloquialmente vapor, pero que técnicamente no lo es.
El vapor de agua propiamente dicho corresponde al agua en estado gaseoso. Sus moléculas están tan separadas que no forman gotas. El auténtico vapor de agua, tal como lo entienden los científicos, es invisible y no huele a nada. Su presencia en el aire es lo que conocemos como humedad del ambiente y, cuando la temperatura baja, puede condensarse (pasar al estado líquido) para formar esas pequeñísimas gotas que, juntas, ya son visibles como niebla, nubes, o el vaho que exhalamos.
Si la temperatura baja lo suficiente, este vapor de agua puede condensarse ante el simple contacto con un cristal y empañarlo o dejarlo empapado. Si se trata de una nube en el cielo, la baja de temperatura puede hacer que las minúsculas gotas flotantes que la componen se junten, se engrosen, se oscurezcan, y por el peso terminen cayendo como lluvia, nieve o granizo.
Cuál es la diferencia entre nubes y niebla
Pese a los inconvenientes que provoca la niebla al limitar la visibilidad, muchas personas gustan del espectáculo que los hace sentir que están entre nubes. Y es que en cierta manera así es. Y no es que las nubes desciendan de vez en cuando, como probablemente llegó a creerse. La niebla es una nube formada al nivel del suelo. Para que el fenómeno suceda, es necesario que exista humedad del ambiente elevada (vapor de agua), baja temperatura en la superficie que provoque la condensación de este vapor, y muy poco o nada de viento que pudiera dispersar las partículas de agua que forman la niebla.
La diferencia entre nubes y niebla consiste en la altura donde sucede su formación y, por consecuencia, en los detalles del proceso. Las temperaturas que condensan la humedad en la atmósfera pueden ser lo suficientemente bajas (a diferencia de la superficie) para provocar una condensación súbita que resulte en la formación de mini cristales de hielo. En este caso la nube es un conjunto de partículas de agua en estado sólido.
Otra diferencia es el efecto de los vientos y de las diferentes corrientes de aire, con diferente temperatura, que tienen lugar en la atmósfera, sobre la forma, coloración y disposición de las nubes en el cielo, mientras que la niebla, como ya dijimos, requiere de cierta baja temperatura y que no sople el viento.
Una diferencia más resulta de observar que en las nubes pueden producirse (y de hecho se producen) importantes cargas eléctricas. Esto se debe a fenómenos que hoy se siguen investigando, en los que interviene el hielo, la proximidad del sol, la fricción y la ionización de partículas, que aparentemente no se dan a nivel del suelo, aunque sus efectos sí que se reciben aquí en la forma de rayos y relámpagos.

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