jueves, 10 de junio de 2021

Por qué se da propina en el restaurante


 De niños, cuando estamos creando una lógica propia, la costumbre de mamá o papá de dar propina en el restaurante parece un disparate, si se supone que ya se está pagando la cuenta, que ésta incluye los alimentos, el servicio, y que el camarero tiene su sueldo. Sobre todo cuando ese extra no pareciera obligatorio y pudiera destinarse a algo más provechoso, como comprarnos un juguete o alguna golosina.

El hecho es que mientras hay países donde la propina no se practica y hasta podría interpretarse como ofensa, en muchos otros, incluido el nuestro, se trata de una institución.

Dependiendo de la costumbre local, el porcentaje de la cuenta que suele representar la propina puede variar del 10 al 50 y, según leí alguna vez, también influye que el pagador vaya solo o acompañado, si va con alguien del sexo opuesto o si la comida es un medio de socialización o de negocios. En pocas palabras, la propina puede ser un medio para crearse una imagen ante los demás y, claro, ante sí mismo.

En la magnitud de la propina también influye que quien atiende al comensal sea de su mismo o del sexo opuesto, su edad, atractivo, si hace contacto visual e inclusive contacto físico de manera sutil, y si hace cosas como dibujar una carita feliz en la nota. También se sabe que un mesero empático y conversador podría obtener más que uno silencioso aunque fuera más veloz.

La propina no deja de tener además, desde luego, ese propósito (que debería ser el más lógico) de recompensa o agradecimiento con el que se premia el buen desempeño y se desestimula la incompetencia.

No obstante lo anterior, los efectos más interesantes de esta práctica son los económicos. A nadie escapa que la propina juega un papel importante en las finanzas del restaurante. Algunas cartas con el menú llevan una leyenda impresa que advierte sutilmente de la necesidad de recibir este extra, al dejar claro que en los precios la propina no está incluida.

El cliente que se salta este convencionalismo vital, deja en desventaja, en última instancia, a los empleados del restaurante en su conjunto (pues la propina normalmente se entrega al superior para que éste la reparta entre todos los empleados y no se la quede únicamente el camarero). En general, los sueldos de quienes laboran en el restaurante son lo suficientemente bajos para que la propina se convierta en una especie de compensación. Es más, en ciertos lugares donde las propinas tienden a ser altas o abundantes, es probable que la o el camarero no tenga sueldo alguno o que, descaradamente, se le exija una cuota diaria por brindarle el trabajo y además se le cobren las servilletas de papel rotuladas que éste da a los clientes, tal como le sucede al taxista que no es dueño del vehículo que maneja, quien además cubre por su cuenta los gastos de combustible.

Curioso es, por otro lado, que legalmente, al menos en México, queda claro que el consumidor nunca está obligado a dar propina y que la solicitud expresa y contundente de ésta pudiera caer en la ilegalidad. Y, desde luego, para efectos de impuestos, el pago mencionado no es deducible. Es decir, no se puede restar de lo que uno ganó para pagar un poquito menos de impuestos.

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