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| Fotografía de Andre Govia |
No importa demasiado que nadie entre en la habitación ni que, antes de cerrarla, nos hayamos esmerado en dejarla impecable. Sabemos que, al volver en unos días, habrá un poco de polvo por todos lados. ¿Habrá entrado por debajo de la puerta?
Sabemos que cerrar puerta y ventanas de una estancia no implica "sellarla" herméticamente, ni mucho menos. Esto no se logra aún colocando una tira de tela o hule en la separación que hay entre el piso y la parte inferior de la puerta. Por lo tanto, el polvo puede entrar aún en habitaciones cerradas normalmente.
Sin embargo, hay una razón más contundente por la que, tras un tiempo, es inevitable encontrar empolvada la habitación que habíamos dejado limpia antes de cerrarla: todo ese polvo, o la mayoría, ya estaba ahí.
El polvo está presente en todo lugar, en menor o mayor concentración. El que nos ocupa, el llamado polvo doméstico, tiene una composición muy variada que depende del lugar, el clima, las costumbres y actividades de los habitantes de la casa y los materiales con que ésta fue construida, así como los muebles. Sin embargo, podemos afirmar que, en general, el polvo doméstico tiene arena, partículas desprendidas por los muebles tras su desgaste normal, y por las paredes y el techo. También contiene polen de las plantas, descamaciones de la piel de humanos y sus mascotas, y pequeños organismos que se alimentan de tales descamaciones, junto con sus excrementos (que suelen ser mucho más que los propios organismos y producen las temidas alergias).
Por su tamaño, forma y peso, las partículas de polvo quedan suspendidas en el aire la mayor parte del tiempo y esto les permite recorrer grandes distancias. Sin embargo, el polvo suspendido en una habitación cerrada, donde las corrientes de aire llegan a ser prácticamente inexistentes, termina cayendo por gravedad a una velocidad de uno o dos milímetros por hora; quizás más rápidamente dependiendo de otros factores. El hecho es que el sedimento sólo es notorio después de cierto tiempo, cuando ya se ha acumulado en los objetos.
La gran volatilidad del polvo doméstico, más la lentitud con que cae, produce el efecto "limpiador" de los plumeros o sacudidores. Cuando usamos estos artefactos, logramos retirar el polvo del objeto sacudido, y si bien una parte se queda adherido momentáneamente al plumero, el resto vuelve a quedar suspendido y a cambiar de lugar con las corrientes de aire, y a caer finalmente con gran lentitud, por lo que pasará desapercibido hasta que se sedimente sobre las superficies expuestas, junto al polvo nuevo que hubiere entrado del exterior.

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